lunes 30 de noviembre de 2009

Pájaros

Se mira al espejo. El agua le gotea por la cara y le mancha la camisa de grafa. Está solo en el baño de la fábrica. El olor del ácido que sale de los mingitorios le cosquillea en la nariz. Volver al puesto. Controlar la cadena. Se estira las mangas sin mirarse las manos. Respira hondo. La imagen que le devuelve el espejo se difumina entre las manchas de grasa. Se mira los ojos y baja la vista. De a poco. El mentón. El cuello. Los botones de la camisa. Las mangas con manchas grises. La mano izquierda. Los dedos asomando por el puño. El cinturón con su hebilla de lata. Cierra los ojos. El calor le trepa por el pecho, se le enrosca en la garganta, le calcina la frente. Le cuesta respirar. Contiene la náusea y se tranquiliza. Abre los ojos. El puño derecho de la camisa cuelga sobre una pata de pájaro. La garra se abre y se cierra como la pala de una grúa. Un chimango cayendo sobre el cuerpo de una lagartija. Acaricia con la mano izquierda las falanges de la garra. Una rugosidad de troncos retorcidos. Fría como la mano de un muerto. Baja por el dorso y roza las uñas afiladas. La garra se cierra sobre la mano. La presión le hace doler los huesos. Una sensación de asfixia le crece en los nudillos. Tironea para soltarse, pero por más que se retuerzan, los dedos no pueden escapar. La garra se afirma y aumenta la presión, como si al sentir la resistencia de su mano temiera perder la presa. Las uñas se le clavan en la palma. Cuatro cortes de dos milímetros que se tiñen de rojo. Cuando quiere mover la mano, las uñas penetran un poco más en la carne. El ardor crece con cada espasmo de la mano apresada. Hasta que recuerda que la garra también, ahora, es parte de su cuerpo. Un temblor le recorre el brazo derecho y la garra se abre para liberar la mano.
Se mira al espejo. La transpiración le gotea por la cara y le mancha el cuello de la camisa. Dobla los brazos y se mira las manos. La izquierda morada y retorcida, con cuatro cortes superficiales en la palma. La derecha es negra y flaca, con cuatro dedos largos, uñas afiladas y una consistencia de leña fina y piedra pómez. Tiembla en el espejo. Quiere mojarse la cara pero no alcanza la canilla. El grito sube como un vómito desde el estómago. Sabe que no puede cerrar la boca, que su voz va a sonar, terrible, en los pasillos de la planta. El espanto crece, sofocante como un aluvión de plumas. La garganta se le inflama cuando suelta el graznido.

jueves 26 de noviembre de 2009

Frankenstein

Después de leer el Frankenstein de Mary Shelley surge una pregunta inevitable: ¿cómo un libro tan chapucero pudo tener semejante éxito? Asombra la cantidad de incongruencias, torpezas, inverosimilitudes y desprolijidades que deshilvanan el texto como si fuera un traje comido por las polillas. O un monstruo mal hecho. Con tornillos en el cuello y un entretejido barato en la cabeza. Pero esa historia absurda hasta la irritación debe tener algo que le permite sobrevivir a su falta de calidad. Prescindiendo del aporte de Boris Karloff. Porque Frankenstein es más un mito cinematográfico que literario. Sin embargo, hay en la novela algunos aciertos que justifican la bambolla.
El primero que se me ocurre no es el más original. Me refiero al tópico del conocimiento peligroso. El desafío científico a lo desconocido que puede tener consecuencias nefastas. Una visión conservadora muy popular entre los escritores románticos, pero que todavía persiste. Se trata del prejuicio común que supone en cada nuevo descubrimiento un desafío a las leyes de la naturaleza, una violación de un territorio sagrado. Todos preferimos recorrer los caminos conocidos antes que explorar en la maleza y el sentido común es una creencia sin crisis de fe. Desde Fausto, el personaje del sabio atormentado que subvierte el orden establecido para caer en la desgracia y convertirse en agente involuntario de las fuerzas del mal se ha vuelto un lugar común de la narrativa occidental. En los comienzos del siglo XIX, en el apogeo de la modernidad, y a la luz de las teorías de Luigi Galvani, ese lugar común se regodeó en la idea del científico como demiurgo. La posibilidad de generar vida mediante el fluido eléctrico convertía al científico en un pequeño dios. El escándalo de esa esperanza no produjo ningún resultado concreto pero estimuló la imaginación de algunos escritores. Entre ellos, Mary Shelley. Pero el éxito de Frankenstein no se explica por algo que Poe escribió mejor.
Lo segundo tiene algo más de gracia. Se trata de las características del personaje. Si bien el monstruo innominado es más bien risible cuando quiere causar espanto y alcanza niveles de comicidad cuando se sienta a hablar con su creador, hay un costado que sí es original y que salva el resto: su ternura, su necesidad de afecto, su soledad. El monstruo al que todos llamamos Frankenstein es, por definición, un malo necesitado de cariño, un malo de corazón tierno. La búsqueda del amor y el dolor ante el rechazo resultan conmovedores, a pesar de la abundancia de lágrimas, de las invocaciones al cielo, de los gritos y lamentos propios del romanticismo. Ese costado del monstruo es, quizás, su mayor acierto.
Pero hay un tercer aspecto a tener en cuenta. Es la monstruosidad de Víctor Frankenstein. Ese personaje pusilánime que parasita a su familia y que termina destruyéndola. Una acumulación de agachadas y cobardías cuya consecuencia es un tendal de cadáveres. Bajo esta mirada, el monstruo es una proyección del doctor Frankenstein. Él es el verdadero monstruo. Un caso inverso al de Gregor Samsa, convertido en cucaracha y usado por su familia hasta la muerte. El patético doctor Frankenstein es incapaz de asumir su destino y el final que le toca, aunque tardío, es el que se merece. Los lectores del libro seguimos, desde hace casi dos siglos, dándole al monstruo la oportunidad de vivir que le negó su creador. Haber producido ese efecto, tal vez involuntario, no deja de ser un mérito.

domingo 22 de noviembre de 2009

Bigote

Se le hace larga la noche. Acurrucado en el asiento del 504, mira la entrada del local como si pudiera abrirla a fuerza de voluntad. Imagina lo que estará pasando adentro. La Claudia en la cama con otros tipos. Bigote y su corte de matones. Una fiesta privada. La lengua de Claudia enroscándose en la pija del jefe. Abriendo las piernas para dejarse coger. Separándose las nalgas con las manos mientras arquea la espalda. Fumando entre polvo y polvo, aspirando merca, emborrachándose. Excitada por la mezcla de sustancias y el roce nacarado de los billetes. Saboreando tipos mejores que él. Más fuertes, mejor vestidos, con autos caros y casas con pileta. Se le escapa, la Claudia, como un barrilete al que se le corta el hilo. La impotencia le come el orgullo y le acelera la angustia. Mete la mano en el bolsillo y abre la billetera. Cincuenta pesos y dos papeles de diez. Una suma pobre para tentar a alguien. Pero nada se pierde con probar y además cualquier cosa es mejor que estar sentado ahí, esperando que la noche se termine. Así que sale del auto, camina los metros que lo separan de la puerta exagerando la renguera y se planta frente a los guardias.
-¿Otra vez vos?
-Sí, jeje. Para una consulta nomás.
-No aprendés más.
-¿No habrá alguna manera de poder entrar? Para hablar con Juanca, nomás. Entro y me voy.
-Te quedaste con ganas de más, parece.
-Hay un billete, para ustedes. Entro y salgo. Bigote ni se entera.
Saca veinte pesos y los muestra. Recula al primer amague: manso por la experiencia, guarda los billetes antes de que le estropeen la salud. Camina para atrás unos metros. Después se da vuelta y corre hasta el auto. Pone la llave en contacto y pisa el acelerador. El motor carraspea, tose, escupe una nube de humo tóxico y arranca con un corcovo hacia delante. Lucas mete la primera y sale, arando la banquina hasta el primer cruce. Dobla a la izquierda y da vuelta a la manzana. Despacio, para no comerse los charcos y las lomas de las calles de tierra. Dobla la última esquina. Apaga las luces y pisa el embrague para que el envión lo lleve. Estaciona a veinte metros de la ruta. Las ramas de un fresno le camuflan el auto. Puede ver al sesgo la entrada del local, el perfil de los patovicas, el resplandor del cartel luminoso, y el portón que da al patio trasero. Vigila y espera. De a poco la memoria se le va llenando de imágenes. Claudia bailando, riéndose, cantando. Claudia en la cama. La nostalgia le exprime unas lágrimas cansadas. Es triste pensar que ahora está ahí adentro, quién sabe hasta qué hora. A la salida la va a subir al auto y se la va a llevar bien lejos. Le tiemblan las manos de bronca. La sacudida que la va a dar no se la olvida. Seguro. Pa’ que aprenda a andar de puta. Las ganas de descargarse no se le van así nomás. Si no fueran tan grandotes, iría a torear a los patovicas. Sale del auto, para aflojar un poco, y da vueltas alrededor del árbol. Le vienen ganas de fumar, pero no quiere llamar la atención. Mira para la ruta pero el paisaje no cambia, a pesar de que ya son las cuatro. A cambio, distingue una hendija en el portón. Piensa dos segundos, pero está cansado para evaluar consecuencias, así que cruza la calle y avanza pegado a la pared. Cuando está contra la chapa, se asoma y ve por el resquicio el interior del patio. Mesitas de plástico, el respaldo de una silla, una guirnalda con banderines. Nadie que ande merodeando. La música llega de lejos, de adentro del local. Ya deben estar en plena orgía. Se le doblan las rodillas, pero sabe que no va a tener otra. Junta coraje, entonces, y se manda. Con prudencia. Primero la cabeza, después un brazo, después el resto del cuerpo. El patio está vacío. Espera un minuto, la espalda contra el muro, a que se normalice la respiración y se le desempañe la vista. Camina en línea recta hacia la puerta que da al local, moviendo lento los pies, primero uno, después el otro. Da un paso y se detiene. Da otro y vuelve a pararse. Así hasta llegar al umbral y tentar el picaporte. Duda un segundo antes de mover la mano. Después, se aferra al metal cromado como si fuese una mancuerna. Lo mueve hacia abajo y presiona. El pestillo responde, pero la cerradura está trabada y la hoja apenas se mueve un par de milímetros. Vuelve a intentarlo con la misma suerte. Tan cerca y tan lejos. Respira mal. Lo fatigan los nervios ya que no el esfuerzo físico. Se agacha y mira por el ojo de la cerradura. Luces rojas. Fragmentos de piel. El vuelo de una falda de tul. Algo que parece una bola de pelos. Ahí adentro está la Claudia. La puta que lo parió. Se incorpora y mueve otra vez el picaporte. Sacude la puerta, atrás y adelante. Se rompe los nudillos y prueba con el pie. Grita. ¡Abran, hijos de puta! Busca una piedra, un palo, algo contundente entre las baldosas del patio. Levanta una silla y cuando se da vuelta lo recibe una piña, después otra. Le siguen pegando en el piso. Cada golpe tiene la consistencia de un adoquín. Como ramas secas se le quiebran los huesos. Con un chasquido seco. Una bolsa de papas daría más trabajo. Lucas alcanza a ver la puerta abierta más allá de las patadas: un interior rojizo, mujeres desnudas, el cuerpo rechoncho de Bigote en calzoncillos. Después un remolino que lo chupa hacia la nada.
Abre los ojos. Una mosca le ronda la nariz. Le pica el pasto en los costurones de la espalda. Los yuyos crecen al borde de la zanja. El sol está alto y lo encandila.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Tatetí

Cambiar el auto. Comprar ropa. Una casa con pileta. Tal vez una moto. Y lo que le costó convencerla. Las mujeres tienen más vueltas... Pensar que el domingo todavía se quejaba. Ahora que los billetes empiezan a llover ni se va a acordar de los remilgos. Mientras no venga con caprichos de gato fino… Porque para eso sí que son rápidas, las turras. Si las conocerá él. Acaricia el volante como si fuese la espalda de una pendeja. Una rugosidad inesperada lo devuelve a la realidad. Todavía maneja el 504 medio podrido que le compró a Pascual. Pero ya llegará el 0km. Antes de lo que se imagina la gilada. Pisa el embrague y mete la cuarta. La carrocería corcovea y sale pitando, lubricada por la ansiedad. Se estira y prende la radio. Una crepitación de hojas secas que se estabiliza cuando mueve el dial. Los compases monocordes del reggaetón le percuten el cerebro.

Si es que alguna vez
Sentistes algo lindo por mí
Perdonamé
Perdóname mi amor.


Mueve el espejo retrovisor y se mide la pinta. Los anteojos negros, la cadena con el crucifijo enchapado en oro, tres botones de la camisa roja abiertos en el pecho, el pelo negro saturado de gel. Relampaguean los anillos cuando levanta la mano para acomodarse los lentes. Chasquea la lengua, satisfecho con lo visto, y reacomoda el espejo. Baja la ventanilla y deja que el viento le seque la transpiración. Los dedos de la mano izquierda tamborilean sobre la chapa de la puerta. Qué sorpresa se va a llevar la guacha, cuando lo vea entrar. Y la envidia de los giles. El orgullo de papá. Levanta el pie del acelerador y se arrima a la banquina. El cartel luminoso parpadea sobre las paredes negras del local. Ta Te Ti. Night Club. Habilitado. Azul, blanco y rojo. Un chisporroteo en el contacto de la última sílaba mantiene encendido el tubo de neón. Agoniza. No va a tardar en apagarse. El 504 se estaciona frente a la puerta, entre un Mondeo de color negro y una Hilux gris. Hoy hay guita, piensa Lucas mientras baja del auto. Mira la luz roja sobre la puerta, los dos patovicas vestidos de negro, el juego de luces que se filtra a través de las cortinas. Camina con aires de propietario, haciendo sonar las llaves, sacando pecho y moviendo los brazos. Sin detenerse ni aminorar el paso, levanta el mentón para saludar y está a punto de subir el escalón de la entrada cuando una mano se le posa en el pecho y le frena el impulso.
-Hoy no entra nadie.
-¿Cómo?
-Que hoy no entra nadie, gordito.
No es que le resbale el adjetivo, pero le fastidia más el ninguneo.
-¿Vos sabés quién soy yo?
-Ni idea.
-El macho de la Claudia, así que andá corriendoté si no querés tener quilombos.
-Acá no hay ninguna Claudia.
-Pasa que es nueva. Capaz no la conocés. Pero andá haciendo lugar, porque podés terminar en una zanja.
-Uy, qué miedo.
-Mirá, mamerto, no quiero chapear pero yo lo conozco a Bigote y te puedo arruinar la noche.
-Mirá vos. Pero resulta que justo ahora a la Claudia esa se la está cogiendo Bigote, así que tomatelás.
No hace falta el cachetazo sobrador que le pega el patovica, ya Lucas se queda quieto apenas escucha el nombre. Así que los autos esos son los de Bigote. Y están con la Claudia, ahora. Se queda quieto, como mirando fijo el vuelo de una mosca. Da dos pasos atrás y baja la cabeza. Diez segundos, quince a lo sumo, y vuelve a encarar la puerta.
-Quiero hablar con Juanca.
-Tomatelás.
-Es por negocios. Llamálo, no necesito entrar.
-Tomatelás o te bajo los dientes.
-Es urgente. Te juro que si no me dejás hablar con él vas a tener problemas.
-Problemas vas a tener vos si no te dejás de romper las pelotas.
El grandote se le planta enfrente, le pisa la punta de los zapatos mientras lo pechea y Lucas está a punto de caerse. Lo sostiene el orgullo, primero, y los brazos del otro patovica, después. Pero ya el riesgo de caerse de espaldas, pasó. Se da cuenta cuando la primera trompada le percute el hígado y el cuerpo se le dobla hacia delante. El dolor le trepa por el pecho como una culebra y se le atora en la garganta. La segunda piña lo deja sin aire. Lo sueltan y entonces sí, se derrumba en el barro arenoso de la banquina. Siente el peso de una piedra presionándole los pulmones. Traga el aire y un mosquito le zumba en los bronquios. Boqueando como un bagre recién pescado, se arrastra hasta llegar al auto. Estira la mano para abrir la puerta y sube haciendo fuerza con los brazos. Se tiende en la butaca y cierra los ojos. Deja que el aire le vaya calmando las ideas. El oxígeno le llena el pecho, de a poco, se mezcla en el torrente sanguíneo y recorre los brazos cansados, las piernas, el cuello, le ventila las ideas y vuelve a salir, tibio y enrarecido. Pero no le calma el dolor de los golpes y el latido en las sienes parece el retumbar de una macumba. Se pasa la mano por la frente transpirada. La sangre le hormiguea en los brazos. Siente un vahído y el trepidar de la náusea presionando el esófago. La boca se le llena de saliva. Una erupción de ácido le inunda la garganta y apenas tiene tiempo de inclinarse a un costado y vomitar por el hueco de la puerta para no ensuciar el tablero.

jueves 12 de noviembre de 2009

Ottro/K.

“…Pero populismo también es un fundamento
de conciencia para los desposeídos y el descaro
de desarrollar el conflicto de clases”.


En la primavera de 2006 Marcelo Cohen publica un artículo en la revista Otra Parte. Las primeras líneas desvalorizan la lucidez política del autor. Una astucia que le sirve de coartada, pero que cualquier lector de su obra sabe que es falsa. Lo que sigue es el encefalograma de un parasomne. La justificación pública de un voto inaceptable para la intelligentzia porteña, pero también el descargo de una conciencia ofuscada por contradicciones que no se pueden resolver aplicando recetas de manuales apolillados. Una indagación de la incomodidad y el embarazo que la irrupción del kirchnerismo, ese tembladeral, produjo en la clase media porteña, venida abajo y herida en su orgullo de cosmopolitismo ramplón a mediados de 2003, cuando las elecciones anticipadas nos dieron un presidente que pocos conocían. La sorpresa dejó a muchos sin imán en la brújula. Pero lejos de ser una profesión de fe oficialista, En la duermevela pienso en Kirchner es, por el contrario, una larga exposición de perplejidades, dudas, desconciertos y entusiasmos parciales. ¿Cómo entender ese fenómeno inverosímil? ¿Con qué parámetros? La medida del kirchnerismo vino dada por su propia regla de cálculo: cuando se creía entender la lógica de sus movimientos, un golpe de efecto echaba por tierra las especulaciones de la tribuna. Ni progresismo florido, ni peronismo de izquierda, ni neofascismo, ni republicanismo conservador. Una mezcla de todo eso, con retazos de populismo reformista y aspiraciones de socialdemocracia civilizada y por lo tanto inocua. Un poco de todo eso, y más. Seguramente más.
Cohen reconoce virtudes en Kirchner: la decisión de enfrentar a los poderes fácticos del capital concentrado (ponerlos en vereda, digamos); la restauración de la política como práctica social capaz de transformar la realidad. Virtudes sostenidas en un saber particular. Dice Cohen: “Kirchner sabe, desde la masacre de Ezeiza, que haber arriesgado la vida por su caudillo no exime a un fiel de que el caudillo mande matarlo en pro de un bien mayor. También sabe cómo convertir grupos no muy disidentes en grandes facciones. Sabe cómo se obtienen beneficios (personales o públicos) con negocios inmobiliarios y remates judiciales, acciones petrolíferas y fondos de inversión; sabe que hay iniciativas económicas que ponen la vida en peligro; sabe cómo se revientan contubernios blindados, cómo se rompen alianzas espurias y se reemplazan unos componentes por otros; sabe instrumentar la salida de tono y el silencio cáustico; sabe qué significa humillar o halagar al industrial, el sindicalista minero, el dirigente barrial, y conoce la humillación, la ortivada y las consecuencias de un gesto”. Sobre esos conocimientos, Kirchner montará su difícil mecanismo de gobierno para enfrentar “a la camándula de terratenientes, industriales y especuladores que, bajo la égida del cardenal Bergoglio, se niegan a ceder ni unos centavos de su renta o un pelo de su cultura racista”. Sin embargo, a pesar de esa vocación igualitaria, el kirchnerismo, según Cohen, no ofrece un horizonte de posibilidades que llegue a entusiasmar a nadie. ¿Qué falta, entonces? Palabras. Un sueño común. Eso que le sobra a Chávez. Utopía, en fin: “Kirchner nunca podrá devolver a la política alguna embriaguez, un encanto, un escalofrío, ni entenderse con el espíritu de la liberación. La revuelta liberadora está tan imbuida de aspiraciones humanísticas como de odio, vileza, un impulso destructivo que es fuerte porque se sabe espontáneo y no se reprime”. Condiciones todas que la decisión oficialista de interpelar a la progresía porteña, acumular masa crítica en sectores ilustrados tradicionalmente refractarios a todo lo que huela a peronismo, y beneficiar, entre tanto, a los sectores postergados (los bolsones de indigentes del Gran Buenos Aires, la masa de desocupados y los trabajadores fabriles) sin darles, además de un alivio parcial y momentáneo, un discurso al cual asirse, un sentido de pertenencia colectiva, una conciencia de sí y un enemigo claro, pospuso de manera indefinida, si es que alguna vez se las planteó seriamente, por miedo a la reacción alérgica de una clase social que sólo sirve para mantener aceitados los pistones de la explotación capitalista. Con el tiempo, esa postergación terminaría en suicidio. ¿Por qué esa torpeza? El Kirchner que Cohen bosqueja en el artículo es un estadista pragmático y quejoso, una meticulosidad de almacenero que convive con la audacia de un boxeador, dispuesto al enfrentamiento pero indiferente a un cambio que exige algo más que la diatriba de tablón. Un militante descreído de la poesía, del aliento capaz de alentar a las masas. Lo que surge es una posibilidad cargada de promesas pero condenada a la frustración. Dos años después de esa publicación, las tensiones suscitadas por el proyecto de Gobierno estallarían en la protesta oligárquica y la conjura destituyente de los medios de comunicación y el capital concentrado.
En la primavera de 2009 Marcelo Cohen publica una novela. Casa de Ottro es la puesta en ficción de aquellas perplejidades. La estructura de la novela (fragmentaria y desordenada como la acumulación de objetos que Ottro dejó en su casa, como las fichas de una escriba que intenta desbrozar su propia confusión, como el barullo de imágenes y palabras que componen la memoria), reproduce las fluctuaciones que la actuación política de Collados Ottro suscita en el recuerdo de Fronda Pátegher, su nuera y asesora, encargada de la administración de su legado. Entre el enojo y el arrebato, entre la admiración y el desprecio, los papeles que Fronda llena en el interior de una casa que la perturba, dibujan el retrato de un personaje tan parecido a Kirchner que sólo le falta el estrabismo para terminar de reconocerlo. Ottro es un empresario que, después de acumular riquezas que le sustenten la ambición, se lanza al ruedo para encabezar la resurrección de la política en una isla que vegeta a la sombra de un régimen esclerosado. El culto al consumo y la satisfacción inmediata de deseos casuales es el único horizonte posible en isla Ushoda. Una forma estilizada del control social. Hasta que Ottro viene a sacudir la modorra. Planes reformistas, componendas espurias, un aliento épico que nunca llega a convertirse en poesía, a pesar de los esfuerzos de Fronda por orientar la gestión en un sentido más radical, ligeramente revolucionario. Los amagues de Ottro pueden entusiasmar, aunque fracasen, pero le dejan a uno cierto gusto a despilfarro inútil. Porque hay un límite que Ottro no está dispuesto a cruzar, y esos son los límites que le impone el sistema. Quebrar el dominio de los pocos ricos sobre los muchos pobres sin salirse del libreto que esos pocos han escrito es una ingenuidad o una complicidad astuta. Pero en el medio quedan las conquistas arrebatadas al poder concentrado a base de obstinación y el hecho innegable de que después de tres años de gestión impetuosa y bullanguera, lo que menos queda en la isla es espacio para la modorra. Del entusiasmo al odio cerril, la parábola de la regencia de Collados en isla Ushoda es el resultado de sus propias contradicciones, de los límites de su gestión pero también de sus aciertos. Quienes van a voltearlo son los mismos que se enriquecieron bajo su gobierno, quienes recuperaron la pasión política gracias al sacudón que les pegó el Regente, quienes acompañaron el proyecto mientras el desconcierto les paralizó las ideas. El rescoldo de lo que fue un carbón encendido queda como remanente para los que lo sucederán, mientras Ottro deja de ser el hombre providencial para convertirse en un príncipe atrofiado y sin corona. No es por sus defectos que se lo derroca, sino por sus virtudes. Sus carencias son las mismas que Cohen le adjudica a Kirchner: desconfianza del discurso teórico, falta de poesía, chatura conceptual. Una perspectiva pedestre que apenas alcanza a moderar el descontento de los sumergidos pero sobra para escandalizar a los encumbrados y su coro clasemediero. También Fronda, como Cohen a Kirchner, le reconoce a Ottro un saber: “Sabía que sacrificar la vida por el Consejo de los Mayores, llegado el caso, no exime al funcionario que ha dado un traspié de que los Mayores manden cortarle un brazo en pro del bien público. Sabía manipular tendencias internas de los grupos rivales hasta transformarlas en facciones; sabía hacer que esas facciones se diezmaran entre sí y agenciarse el apoyo de las más numerosas. Sabía colar como invento genial de nuestra isla la copia de un invento que en otra isla ya había dejado de parecer ingenioso. Sabía producir muchas copias de esos robos y comercializarlas y sabía obtener beneficios, para su medido tesoro pero también para el tesoro público, con negocios inmobiliarios, acciones de sal y fondos panorámicos de inversión. Sabía qué réditos políticos locales puede dar el chantaje con datos recogidos en la Panconciencia. Sabía cómo ofenderse para poder romper pactos formales, cómo se sabotean alianzas y se reemplazan unos componentes por otros; sabía instrumentar la salida de tono, el silencio inocentón y el silencio cáustico; humillar o sobar al sindicalista, al dirigente del cuartier, al preboste de comarca, al industrial, al financista y al hacendado, e intuía cómo es la sensación de humillarse, adular o caer en la trampa, y conocía el cuartel de la Guardia y el cuartel de los Apagafuegos, la mina, el pasillo del congreso partidario, la degradante antesala del Consejo de los Mayores, el estrado, y dominaba el efecto del timbrazo inesperado y la medida y las secuelas de un gesto inhabitual”. Eso en el plano de lo público. En la intimidad, el retrato de Fronda evoluciona desde el desprecio incómodo que le produce un suegro latoso y pedante al reconocimiento de que si un germen de revuelta persiste en el ambiente, el soplo débil de la gestión de Ottro no es ajeno al asunto. En su doble papel de colaboradora y pariente, Fronda Pátegher asiste al doblez de la trama política. Los límites de la Regencia Ottro son, en buena medida, consecuencia de las debilidades personales del sujeto. ¿Pero hasta qué punto? El rencor de Fronda le adjudica a la cobardía y el sentimentalismo de su suegro la responsabilidad de cada agachada, de cada renuncio. Sólo que esos límites, esas características del personaje (que son, por otra parte, la contracara de su audacia, su imprevisibilidad y su carisma), no nacen de un repollo. Toda sociedad tiene sus demandas, sus fronteras políticas, sus corralitos mentales. Ir más allá de ese nomenclador común puede conducir al martirio, al estado policial, al totalitarismo. Los avances de Ottro son la base, la prueba con su carga de errores, a partir de la cual su nieto, Riscos, esbozará una salida distinta.
Con todas sus contradicciones, sus idas y vueltas, su avance lento y perturbado a través de la maraña de los hechos que relata, cabeceando como un motor a explosión (y precisamente por eso), Casa de Ottro es la gran novela del kirchnerismo. Quién si no Cohen podría haberla escrito:
“Ahí está Kirchner a medialuz, opaco como el pragmatismo, vibrátil como la asimilada religión de la utopía. No suscita, no inflama. Nadie se va a poner en peligro para evitar que caiga, ni viajar para ver en qué obras estatales invierte y cuántos puestos de trabajo crea con parte de lo que ahorró gravando las exportaciones de nuestra oligarquía carroñera. Kirchner pulveriza los supuestos. De sólo verlo crece una horrosa sed de imposible”.

domingo 1 de noviembre de 2009

Travesaños

Lo primero que le llama la atención es que en esa calle no hay niebla. Es un alivio. Puede ver el frente de las casas, las veredas iluminadas, el cono de sombras de las bocacalles unos cuantos metros antes de llegar a ellas. Eso le devuelve un poco de la seguridad perdida. A medida que se aleja de Primera Junta el frío va menguando y con él, el recuerdo de la niebla. Una masa de calor en la que se va hundiendo como en un frasco de mermelada cubre las últimas cuadras antes de llegar a Irigóin. Baja el cierre de la campera y se quita la bufanda. El bidón le golpea la pierna. La remera se le pega al cuerpo y siente la espalda húmeda, como si no hubiera dejado de correr desde que salió de la YPF. Lo bueno sería que al llegar a Irigóin encontrara el Duna estacionado ahí nomás. Que todo fuera una confusión, una distracción de su memoria. Recorre los últimos metros regulando el paso, conteniéndose para no correr. Por cábala, para no arruinar una posible sorpresa, se promete no mirar hasta llegar a la esquina. Hacer como que no le importa, disimular el interés. Baja la vista, entonces, y se mira los zapatos, el dibujo de las baldosas, los manchones de pasto que salpican la vereda. Recién levanta la mirada cuando siente que a su izquierda la perspectiva de cercos y tapiales se abre para dejar lugar a un espacio abierto de aire y de luz. Levanta la vista esperando encontrar las veredas amplias y los frentes ajardinados de las casas de clase media de la calle Irigóin. Pero lo que ve es la banquina y el asfalto leproso de la ruta 8.
Ningún recorrido lógico pudo haberlo traído hasta ese lugar. La calle por la que venía es paralela a la ruta. Esta vez está seguro de haber caminado en línea recta, por Urquiza desde Primera Junta. Ninguna curva, ninguna esquina le hizo torcer el camino. No se atreve a mirar hacia atrás. Le basta el panorama que se abre ante él para que el miedo le paralice la decisión. Detenido al borde de la ruta, siente que una brújula rota le enloqueció el cerebro. Le tiemblan las rodillas y está a punto de caerse. Se recuesta contra la persiana de una mueblería. Cierra los ojos. Un vahído le sube desde el estómago. No puede contener el vómito. Suelta el bidón y se agarra de la cortina, después se dobla y lanza un líquido amargo que le salpica de amarillo los zapatos y la botamanga del pantalón. No tiene sentido volver atrás, piensa, mientras se seca la boca con el puño del pulóver.
Da unos pasos al frente y la tierra se ondula bajo sus pies. Escorado hacia la derecha por el peso del bidón, va trazando eses que lo acercan peligrosamente a la ruta o lo alejan del asfalto carcomido, según el caso. El dibujo romboidal de la suela de sus zapatillas se estampa detrás de él en la tierra arenosa de la banquina como la huella de un animal herido. Tropieza a cada rato, con las piedras que asoman sus bordes gastados entre los charcos, con las baldosas rotas de la vereda, con los desniveles que marcan los límites de las bocacalles. Se tambalea, pero consigue mantener el equilibrio a fuerza de voluntad. No sabe bien para dónde va, pero si el mundo conservara su lógica, lo que tiene por delante sería el cruce con Primera Junta, después el límite con José C. Paz, y el cruce de ruta 8 con 197. Atrás quedan la calle Tribulato, el cruce de la 202 y la estación Lemos.
No se ven colectivos y los autos que circulan por la ruta pasan a una velocidad de autódromo. Cada veinte metros, Julio se recuesta contra algún paredón, una cortina metálica o el portón oxidado de algún depósito de materiales. Lee las pintadas que adornan las paredes, las consignas políticas, las injurias privadas, las declaraciones de amor múltiple; los carteles de los comercios (mueblerías, corralones, depósitos; mayoristas de todo tipo); los afiches pegados en las esquinas (grupos de bailanta y bandas de rock; anuncios de boliches bailables de Tribulato o de José C. Paz). No le da el cuero para volver a la remisería sin el auto. Piensa en la cara del patrón, las puteadas que va a escuchar. Ensayar una explicación verosímil, exculpatoria, le parece tan difícil que prefiere creer que el auto está a su alcance, escondido en alguna parte. Acaricia las llaves en el bolsillo como si frotando ese talismán invocara al Duna. Respira hondo, se repone del cansancio y sigue buscando.
De a poco la ruta se va poblando. Los cuerpos surgen de la sombra como hongos después de la tormenta. Cada vez que Julio mira, donde no había nada aparece alguien. El primer travesti se corporiza en la segunda cuadra. Es un tipo grande, de edad y de físico, vestido con ropas baratas y una apariencia general de decadencia y desamparo que predispone más a la limosna que al deseo. Julio pasa de largo sin mirar, rogando que el tipo no lo pare. No podría contener el vómito, piensa, si llega a ver de cerca esa cara demacrada, cubierta de maquillaje. Pero a medida que avanza, que las esquinas se suceden acercándolo a Primera Junta, los cuerpos que se ofrecen mejoran su calidad, la imitación se perfecciona y es difícil distinguir los rasgos que denuncian el género detrás de la apariencia. Sobre todo de lejos. Percibe las siluetas a media cuadra de distancia, recortándose bajo la luz pálida del alumbrado, las piernas largas y los hombros anchos, estilizando hasta la exageración los rasgos femeninos, casi desnudas, apenas cubiertas con minifaldas de lycra y blusas entalladas, portaligas y medias de red, un jardín de encajes y puntillas floreciendo a la luz de la luna, la estética del porno disimulando defectos y realzando atractivos, pechos de silicona, piernas musculosas y glúteos de futbolista imitando los gestos y el brillo satinado de las vedettes en las tapas de una revista. Simulacros que se sostienen favorecidos por la penumbra. Julio las mira de lejos, primero con curiosidad, después con ganas. Avergonzado de su propio deseo, apura el paso y baja la cabeza cuando está cerca. Espía de reojo y sigue de largo. Un gusano se le enrosca en el pecho. Cada esquina que cruza, el tornillo se hunde más y los ojos se le van para donde quieren. En la tercer cuadra, lo interpelan.
-¿Qué buscás?
Se queda quieto, como bordeando un escalón roto. No sabe qué responder. Tiene un escorpión enfrente. El aguijón envenenado oscila frente a su nariz. La mira moverse, hamacarse como un péndulo y la desconfianza es lo único que le sujeta las ganas de caer. El travesti se baja el cierre de la campera y le muestra los pechos. Dos misiles de plástico que apuntan al cielo. Si estuviera en el auto lo levantaría, piensa Julio. Mira el torso desnudo, la curva del abdomen bajo los globos, el ombligo como un remolino que lo empuja hacia abajo, el vientre chato por el que resbalan los ojos hacia la curva que divide los muslos. Siente un ardor en la bragueta hinchada.
-Cincuenta pesos, bebé.
Levanta la vista y mira la sombra en donde debiera estar la cara. Él no preguntó cuánto. Todavía. Pero deja el bidón en el suelo y se lleva la mano al bolsillo, maquinalmente, como si respondiera a una orden. Saca la billetera y mira el contenido. Perplejo ante la rareza de que lo que era flaco pueda seguir adelgazando. Dos billetes de diez y uno de cinco. Ni para el cambio tiene. Cuando levanta la vista, el travesti ya dio un paso al frente, su cara es ahora visible, iluminada por el cono de luz del farol de la esquina, y Julio alcanza a ver el cutis poroso, la sombra de la barba que empieza a crecer a esa hora de la noche, los pómulos anchos y la mirada torva.
-¿No viste un Duna blanco, con una calcomanía de Boca en el parabrisas?
Lo sorprende el sonido de su voz. Como si la pregunta fuera un atajo para esquivar el bulto. El desconcierto con el que mira al trava cuando levanta la vista es un anticipo de la sorpresa que le causa ver surgir a otros dos de la sombra que rodea al primero.
-No vi nada, lindo.
La mano que se estira para vaciarle la billetera tiene virtudes de serpiente: furtiva y rápida, atrapa los billetes en un parpadeo.
-¿Qué hacés? Devolveme la plata.
-No te alcanza ni para un pete, pancho.
-Llamo a la policía
-Rajá de acá porque grito.
La última voz viene de al lado, una de las otras, más feas y desarregladas que la primera, pero con los hombros más anchos y el cuerpo dispuesto a abalanzarse en una trompada. Poco dispuesto a dejarse robar, Julio hace un intento por recuperar lo perdido. Estira el brazo, pero antes de tocar al trava, un chicotazo eléctrico le paraliza el gesto y la mano se retrae, mustia, como un caracol asustado. La navaja reluce entre los dedos con anillos del tercer trava.
-Tomatelás antes de que te cortemos los huevos, bombón.
Dos hilos de sangre le brotan del brazo, se le escurren entre los dedos, gotean sobre el bidón de nafta y dejan una mancha roja en las baldosas de la vereda. El ardor le sube por los huesos y se le enrosca en la mandíbula. Harto de tanta furia sin amansar, Julio aprieta los dientes y arremete con la cabeza gacha, como ojiva maciza, sin medir las consecuencias. Tiene suerte, porque los travas se abren, sorprendidos, pensando más en el esquive que en la defensa, y Julio sigue de largo, el cuerpo inclinado al frente, aprovechando el envión para alargar los pasos y prolongar la corrida, una fuga de escalas múltiples que lo aleja de la ruta, del bidón de nafta, de la esperanza de encontrar el Duna estacionado en cualquier esquina. Escucha detrás suyo el repique de sus pasos, un eco de caballos desbocados, y el aliento se le consume en la carrera. Cruza las calles sin mirar y se para cuando el corazón está a punto de agrietarse como una porcelana vieja. Apoya la espalda contra un árbol, la corteza áspera dejando su marca a través de la camisa, y se dispone a hacerle frente a lo que venga. Pero cuando se da vuelta, la calle está vacía y el silencio es una capa de brea que se le pega en los oídos.
Ahora sí que está desorientado. No sabe bien para dónde fue la corrida. De lo que alcanza a ver no reconoce nada: ni el frente de las casas, ni las chapas de las calles, ni la figura obtusa de los paraísos mal podados. En busca de sosiego, deja que el cuerpo resbale a los pies del árbol. Se sienta entre las raíces. El barro traspasa la tela del pantalón y le humedece las nalgas. El frío le va llegando en tandas, desde los pies hasta las orejas. Empieza a temblar y cierra los ojos. Sueña con un auto estacionado en la esquina. Un Duna blanco que reluce bajo los focos del alumbrado. El reflejo de la luz sobre la chapa se estira hasta rozar el parabrisas e ilumina la cara de Julio durmiendo en el habitáculo. Estira la mano para rozarlo, pero la piel tiene una textura de plástico reforzado y mientras la toca lo sobresalta el ruido de la bocina.
No está sentado en el auto cuando abre los ojos. Amanece y la primera claridad de la mañana tiñe de un azul desvaído la perspectiva de estuco y revoque grueso de la vereda de enfrente. Julio se pone de pie y da dos pasos inseguros para asomarse a la esquina. Reconoce, entonces, en diagonal al lugar donde está parado, la cortina metálica con la palabra kiosco pintada en letras amarillas, la pila de cajones vacíos de una verdulería frente a una casa de dos pisos con un frente de rejas negras. Cinco metros más allá, la chapa blanca del Duna refleja el cielo algodonoso de la mañana. Julio reconoce la cifra de la patente. No alcanza a correr, porque le duelen las piernas, pero el alivio lo lleva como en andas. Abre la puerta del auto y se sienta, acomodando las nalgas en el hueco del asiento. Mete la llave en el contacto y el motor arranca con un ronroneo satisfecho. Pone primera, y antes de soltar el freno mira la guantera, el tablero, el asiento del acompañante en donde se pudre el cadáver de un gato y el taco de un zapato de mujer se asoma por entre los flecos del tapizado roto. Se queda mirando el cuadro durante un segundo. Después, chasquea la lengua y pisa el acelerador.

martes 27 de octubre de 2009

Duna

Primero un carraspeo, después una tos seca, y el Duna cabecea unos veinte metros hasta pararse del todo. Julio putea bajito. Mueve la llave y pisa el acelerador, pero el motor no responde. Cierra los ojos y aprieta el volante hasta que le duelen los nudillos. Qué boludo que soy, piensa. Cuando los abre, la noche le parece una boca desdentada que vomita sombras. Manotea el celular y marca un número.
-Me quedé sin nafta. Avisale al cliente.
-Sos boludo, eh. Mando a otro, dejá.
-Tardo cinco minutos. Estoy a tres cuadras de la YPF.
-Mando a Juan. Cuando estés andando me avisás.
-Como quieras.
“Sorete”, piensa Julio. Corta y se guarda el celular en el bolsillo. Después, agarra la llave y sale del auto. Saca un bidón del baúl y traba las puertas. Antes de caminar hasta la ruta, mira la esquina. Conoce de memoria las calles del barrio, así que no busca puntos de referencia, sino la certeza de que nada lo amenaza. A la derecha, una cortina metálica con la palabra “kiosco” pintada en letras amarillas; a la izquierda la pila de cajones vacíos de una verdulería; al frente la fachada de una casa de dos pisos. El auto se le quedó justo en donde Primera Junta se corta, antes de la curva, en el cruce con San Luis. No es una zona riesgosa, no tanto como para que el miedo le haga lamentar la hora, el lugar, su propia torpeza, pero tampoco es imposible toparse con uno o varios chorritos en patota. Lo que de veras lamenta es dejar el auto solo y perderlo de vista después de la curva. Acaricia la chapa como si se despidiera de un hijo. Guarda la mano en el bolsillo, levanta el bidón y camina despacio, por el medio de la calle, hasta la esquina. Se da vuelta y mira el auto una vez más antes de seguir. El Duna brilla bajo los focos del alumbrado como una vedette en las páginas de una revista.
Camina rápido. En cinco minutos hace las tres cuadras largas, de doscientos metros cada una, que lo separan de la estación de servicio. No hay nadie en la calle y apenas se ven autos en la ruta. Mientras carga el bidón, la noche se va poniendo opaca.
-Parece que está cayendo niebla.
-Parece nomás.
El playero responde sin mirar, la vista fija en el surtidor, primero, y después en los billetes. Julio igual lo saluda cuando se va, aunque no le conteste. Sale de la estación y se hunde en la niebla que ha caído de golpe mientras cargaba nafta. A cinco metros ya no se distingue el cartel de la YPF. Apenas se ve una claridad azul, como un manchón de luz a la altura del techo. Julio vuelve por donde vino, caminando despacio ahora, para no llevarse por delante las cosas que puedan surgir de la niebla: árboles, bolsas de basura, postes de luz, autos estacionados en la vereda, baldosas flojas, otro peatón tan desconcertado como él. Camina con el hombro izquierdo pegado al frente de las casas, buscando cerrar un flanco, al menos, y conservar el rumbo. Los objetos aparecen a la distancia en formas difusas, sombras que se perfilan detrás de un vidrio empañado, primero como zonas oscuras en donde la opacidad se concentra, después definiendo una masa imprecisa que se recorta sobre el fondo plano de la niebla y en la que Julio reconoce un volumen y un contorno vagamente familiar. Atento al lugar donde pone los pies, no tiene tiempo, sin embargo, de mirar al costado. Se orienta por la memoria y confía en los oídos para descubrir cualquier amenaza. Sólo se escuchan sus pasos, de vez en cuando el ladrido de un perro, el ronroneo de un motor a lo lejos, el murmullo acuático de la nafta en el bidón, el canto de un grillo que enmudece cuando Julio se acerca y que vuelve a crecer a medida que se aleja. Hace tres cuadras y llega a la curva. Cruza la calle San Luis y dobla a la izquierda. La esquina está a diez metros. Dejó el Duna estacionado, así que tiene que cambiar de vereda para verlo. Las ganas de llegar lo distraen y por eso no se fija en los cajones vacíos de la verdulería ni en la cortina metálica del kiosco cuando llega al otro lado de la calle y empieza a buscar el auto. No lo encuentra. Está seguro de haberlo dejado a diez metros de la esquina, a quince como mucho. Camina por el cordón, con la esperanza de que la niebla le haya confundido los sentidos, pero a medida que se aleja las dudas se desvanecen y la inquietud se convierte en angustia. Hace media cuadra y el deseo de que todo sea una ilusión de la memoria va tirando de él, como si fuera un bagre atrás de un anzuelo. Llega a Malnatti y sigue caminando. A la altura de San Lorenzo, se le ocurre que tal vez haya dejado el coche del otro lado de la calle. Cruza Primera Junta y vuelve por la otra mano. Espera toparse con el auto, verlo surgir de la niebla, pero en el fondo sabe que es inútil, que el Duna ya no está, que se lo robaron, que lo perdió, que se deshizo en el aire como si fuese humo. Cuando llega a la curva, apoya el bidón en el suelo y enciende un cigarrillo. Se pasa la mano por el pelo y piensa que debería llamar a la agencia, al seguro, a la policía, a su mujer. Mete la mano en el bolsillo pero antes de buscar mucho se acuerda de que el celular quedó en el auto. Encontrar un teléfono público a esa hora, en ese lugar, sería un milagro, una carambola que su mala suerte de hoy no podría lograr. Se sienta en el cordón y cierra los ojos. Pensar que una hora antes estaba manejando, sentado en la butaca del conductor, las manos aferrando el volante, convencido de que la noche sería una sucesión continua de viajes más o menos cortos que le dejaría un saldo interesante cuando a las seis de la mañana hiciera las cuentas. Y ahora esta mierda. Se pregunta de qué va a vivir. Si cerrara los ojos un rato largo, con fuerza, y se concentrara lo suficiente, quizás al abrirlos el auto apareciera, estacionado en donde lo dejó. Sabe que es una estupidez, pero hace la prueba. La mano de enfrente sigue vacía, con el rocío humedeciendo el pasto y la cortina metálica de la ferretería cerrada. Julio se queda mirando la chapa amarilla, las letras descascaradas, la sombra del acento sobre la i. No conocía ese negocio. Debe ser nuevo. ¿No había un kiosco en esa esquina? La confusión suspende el sentido de las cosas. Algo vibra en el aire y Julio no sabe si sueña o está despierto. Sí que había un kiosco. Se da vuelta buscando la verdulería. Había una pila de cajones vacíos que ya no están. En su lugar, lo que se ve son las varillas negras de una reja, un patio de baldosas, el frente revestido de pizarra de una casa en alquiler. Se acerca al cartel de la esquina. Sobre la chapa azul lee los nombres de las calles. Primera Junta y San Luis. La esquina era esa. Él venía por Primera Junta cuando se le quedó el auto. Justo antes de la curva. Pero había un kiosco y una verdulería, y ahora lo que hay es una casa y una ferretería. Tal vez no fuera esa la esquina, después de todo. Por entre los manchones de niebla, mira el fondo de la calle. Apenas se ven los focos del alumbrado punteando la noche. Sin soltar el bidón, Julio vuelve a caminar, ahora con una esperanza nueva. La ansiedad lo empuja hacia delante y hace las primeras cuadras con impaciencia, mirando a los costados, sin ver otra cosa que el hueco de un auto que no está. Se va calmando a medida que avanza. Dos cuadras antes de llegar a Perón, ya sabe que no lo va a encontrar. Se para en mitad de la calle y mira la plazoleta. Siente que se está hundiendo en una pesadilla, que la realidad le tendió una trampa, que se perdió en un pliegue del tiempo y ahora está solo y no puede volver. El ruido de un colectivo cruzando la avenida lo sobresalta y sale a la superficie. Después de todo, piensa, tal vez no dejó el auto en esa calle. Es posible que haya andado por ahí y que en algún momento doblara para retomar por una paralela. Ya no sabe bien. Se acuerda del kiosco y de la curva, pero no está seguro. Hace una hora hubiera estado dispuesto a jurar, pero ahora está lleno de dudas. ¿Y si fuera un recuerdo viejo que se le traspapeló en la memoria? O acaso no se fijó bien y algo en la cortina metálica de la ferretería le recordó la fachada de un kiosco. O la niebla le confundió las formas y mezcló las rejas de la casa con los cajones vacíos de una verdulería cerrada. O estaba con la cabeza en cualquier lado y en donde creyó ver una curva lo que había era el fondo oscuro de la calle mal iluminada. Quién sabe. Julio seguro que no. Porque ahora, la mole verde manzana de un 163 surge de la niebla como un tigre y se abalanza sobre él. Da un paso al costado y gira el cuerpo justo cuando el colectivo está a punto de alcanzarlo. Siente el roce de la carrocería en la mejilla y el viento lo despeina. El rugido del motor le llega como un grito cuando ya el colectivo es un recuerdo que se disuelve entre nubes de gasoil y jirones de neblina. Se queda de pie, mirando la plazoleta sin saber qué hacer, con el corazón saltándole en el pecho. Mira hacia atrás, pero la niebla le reduce el horizonte a un par de metros. Mejor salir de ahí. Se da vuelta y sube a la vereda. Hay un callejón de tierra que muere una cuadra después. Del otro lado, la calle es de asfalto y se corta en Irigóin, cuatro cuadras más allá. Le duele el brazo de agarrar el bidón, así que lo cambia de mano. Camina hasta la avenida y vuelve por Primera Junta hasta llegar a Urquiza. Después dobla a la derecha.