Lo primero que le llama la atención es que en esa calle no hay niebla. Es un alivio. Puede ver el frente de las casas, las veredas iluminadas, el cono de sombras de las bocacalles unos cuantos metros antes de llegar a ellas. Eso le devuelve un poco de la seguridad perdida. A medida que se aleja de Primera Junta el frío va menguando y con él, el recuerdo de la niebla. Una masa de calor en la que se va hundiendo como en un frasco de mermelada cubre las últimas cuadras antes de llegar a Irigóin. Baja el cierre de la campera y se quita la bufanda. El bidón le golpea la pierna. La remera se le pega al cuerpo y siente la espalda húmeda, como si no hubiera dejado de correr desde que salió de la YPF. Lo bueno sería que al llegar a Irigóin encontrara el Duna estacionado ahí nomás. Que todo fuera una confusión, una distracción de su memoria. Recorre los últimos metros regulando el paso, conteniéndose para no correr. Por cábala, para no arruinar una posible sorpresa, se promete no mirar hasta llegar a la esquina. Hacer como que no le importa, disimular el interés. Baja la vista, entonces, y se mira los zapatos, el dibujo de las baldosas, los manchones de pasto que salpican la vereda. Recién levanta la mirada cuando siente que a su izquierda la perspectiva de cercos y tapiales se abre para dejar lugar a un espacio abierto de aire y de luz. Levanta la vista esperando encontrar las veredas amplias y los frentes ajardinados de las casas de clase media de la calle Irigóin. Pero lo que ve es la banquina y el asfalto leproso de la ruta 8.
Ningún recorrido lógico pudo haberlo traído hasta ese lugar. La calle por la que venía es paralela a la ruta. Esta vez está seguro de haber caminado en línea recta, por Urquiza desde Primera Junta. Ninguna curva, ninguna esquina le hizo torcer el camino. No se atreve a mirar hacia atrás. Le basta el panorama que se abre ante él para que el miedo le paralice la decisión. Detenido al borde de la ruta, siente que una brújula rota le enloqueció el cerebro. Le tiemblan las rodillas y está a punto de caerse. Se recuesta contra la persiana de una mueblería. Cierra los ojos. Un vahído le sube desde el estómago. No puede contener el vómito. Suelta el bidón y se agarra de la cortina, después se dobla y lanza un líquido amargo que le salpica de amarillo los zapatos y la botamanga del pantalón. No tiene sentido volver atrás, piensa, mientras se seca la boca con el puño del pulóver.
Da unos pasos al frente y la tierra se ondula bajo sus pies. Escorado hacia la derecha por el peso del bidón, va trazando eses que lo acercan peligrosamente a la ruta o lo alejan del asfalto carcomido, según el caso. El dibujo romboidal de la suela de sus zapatillas se estampa detrás de él en la tierra arenosa de la banquina como la huella de un animal herido. Tropieza a cada rato, con las piedras que asoman sus bordes gastados entre los charcos, con las baldosas rotas de la vereda, con los desniveles que marcan los límites de las bocacalles. Se tambalea, pero consigue mantener el equilibrio a fuerza de voluntad. No sabe bien para dónde va, pero si el mundo conservara su lógica, lo que tiene por delante sería el cruce con Primera Junta, después el límite con José C. Paz, y el cruce de ruta 8 con 197. Atrás quedan la calle Tribulato, el cruce de la 202 y la estación Lemos.
No se ven colectivos y los autos que circulan por la ruta pasan a una velocidad de autódromo. Cada veinte metros, Julio se recuesta contra algún paredón, una cortina metálica o el portón oxidado de algún depósito de materiales. Lee las pintadas que adornan las paredes, las consignas políticas, las injurias privadas, las declaraciones de amor múltiple; los carteles de los comercios (mueblerías, corralones, depósitos; mayoristas de todo tipo); los afiches pegados en las esquinas (grupos de bailanta y bandas de rock; anuncios de boliches bailables de Tribulato o de José C. Paz). No le da el cuero para volver a la remisería sin el auto. Piensa en la cara del patrón, las puteadas que va a escuchar. Ensayar una explicación verosímil, exculpatoria, le parece tan difícil que prefiere creer que el auto está a su alcance, escondido en alguna parte. Acaricia las llaves en el bolsillo como si frotando ese talismán invocara al Duna. Respira hondo, se repone del cansancio y sigue buscando.
De a poco la ruta se va poblando. Los cuerpos surgen de la sombra como hongos después de la tormenta. Cada vez que Julio mira, donde no había nada aparece alguien. El primer travesti se corporiza en la segunda cuadra. Es un tipo grande, de edad y de físico, vestido con ropas baratas y una apariencia general de decadencia y desamparo que predispone más a la limosna que al deseo. Julio pasa de largo sin mirar, rogando que el tipo no lo pare. No podría contener el vómito, piensa, si llega a ver de cerca esa cara demacrada, cubierta de maquillaje. Pero a medida que avanza, que las esquinas se suceden acercándolo a Primera Junta, los cuerpos que se ofrecen mejoran su calidad, la imitación se perfecciona y es difícil distinguir los rasgos que denuncian el género detrás de la apariencia. Sobre todo de lejos. Percibe las siluetas a media cuadra de distancia, recortándose bajo la luz pálida del alumbrado, las piernas largas y los hombros anchos, estilizando hasta la exageración los rasgos femeninos, casi desnudas, apenas cubiertas con minifaldas de lycra y blusas entalladas, portaligas y medias de red, un jardín de encajes y puntillas floreciendo a la luz de la luna, la estética del porno disimulando defectos y realzando atractivos, pechos de silicona, piernas musculosas y glúteos de futbolista imitando los gestos y el brillo satinado de las vedettes en las tapas de una revista. Simulacros que se sostienen favorecidos por la penumbra. Julio las mira de lejos, primero con curiosidad, después con ganas. Avergonzado de su propio deseo, apura el paso y baja la cabeza cuando está cerca. Espía de reojo y sigue de largo. Un gusano se le enrosca en el pecho. Cada esquina que cruza, el tornillo se hunde más y los ojos se le van para donde quieren. En la tercer cuadra, lo interpelan.
-¿Qué buscás?
Se queda quieto, como bordeando un escalón roto. No sabe qué responder. Tiene un escorpión enfrente. El aguijón envenenado oscila frente a su nariz. La mira moverse, hamacarse como un péndulo y la desconfianza es lo único que le sujeta las ganas de caer. El travesti se baja el cierre de la campera y le muestra los pechos. Dos misiles de plástico que apuntan al cielo. Si estuviera en el auto lo levantaría, piensa Julio. Mira el torso desnudo, la curva del abdomen bajo los globos, el ombligo como un remolino que lo empuja hacia abajo, el vientre chato por el que resbalan los ojos hacia la curva que divide los muslos. Siente un ardor en la bragueta hinchada.
-Cincuenta pesos, bebé.
Levanta la vista y mira la sombra en donde debiera estar la cara. Él no preguntó cuánto. Todavía. Pero deja el bidón en el suelo y se lleva la mano al bolsillo, maquinalmente, como si respondiera a una orden. Saca la billetera y mira el contenido. Perplejo ante la rareza de que lo que era flaco pueda seguir adelgazando. Dos billetes de diez y uno de cinco. Ni para el cambio tiene. Cuando levanta la vista, el travesti ya dio un paso al frente, su cara es ahora visible, iluminada por el cono de luz del farol de la esquina, y Julio alcanza a ver el cutis poroso, la sombra de la barba que empieza a crecer a esa hora de la noche, los pómulos anchos y la mirada torva.
-¿No viste un Duna blanco, con una calcomanía de Boca en el parabrisas?
Lo sorprende el sonido de su voz. Como si la pregunta fuera un atajo para esquivar el bulto. El desconcierto con el que mira al trava cuando levanta la vista es un anticipo de la sorpresa que le causa ver surgir a otros dos de la sombra que rodea al primero.
-No vi nada, lindo.
La mano que se estira para vaciarle la billetera tiene virtudes de serpiente: furtiva y rápida, atrapa los billetes en un parpadeo.
-¿Qué hacés? Devolveme la plata.
-No te alcanza ni para un pete, pancho.
-Llamo a la policía
-Rajá de acá porque grito.
La última voz viene de al lado, una de las otras, más feas y desarregladas que la primera, pero con los hombros más anchos y el cuerpo dispuesto a abalanzarse en una trompada. Poco dispuesto a dejarse robar, Julio hace un intento por recuperar lo perdido. Estira el brazo, pero antes de tocar al trava, un chicotazo eléctrico le paraliza el gesto y la mano se retrae, mustia, como un caracol asustado. La navaja reluce entre los dedos con anillos del tercer trava.
-Tomatelás antes de que te cortemos los huevos, bombón.
Dos hilos de sangre le brotan del brazo, se le escurren entre los dedos, gotean sobre el bidón de nafta y dejan una mancha roja en las baldosas de la vereda. El ardor le sube por los huesos y se le enrosca en la mandíbula. Harto de tanta furia sin amansar, Julio aprieta los dientes y arremete con la cabeza gacha, como ojiva maciza, sin medir las consecuencias. Tiene suerte, porque los travas se abren, sorprendidos, pensando más en el esquive que en la defensa, y Julio sigue de largo, el cuerpo inclinado al frente, aprovechando el envión para alargar los pasos y prolongar la corrida, una fuga de escalas múltiples que lo aleja de la ruta, del bidón de nafta, de la esperanza de encontrar el Duna estacionado en cualquier esquina. Escucha detrás suyo el repique de sus pasos, un eco de caballos desbocados, y el aliento se le consume en la carrera. Cruza las calles sin mirar y se para cuando el corazón está a punto de agrietarse como una porcelana vieja. Apoya la espalda contra un árbol, la corteza áspera dejando su marca a través de la camisa, y se dispone a hacerle frente a lo que venga. Pero cuando se da vuelta, la calle está vacía y el silencio es una capa de brea que se le pega en los oídos.
Ahora sí que está desorientado. No sabe bien para dónde fue la corrida. De lo que alcanza a ver no reconoce nada: ni el frente de las casas, ni las chapas de las calles, ni la figura obtusa de los paraísos mal podados. En busca de sosiego, deja que el cuerpo resbale a los pies del árbol. Se sienta entre las raíces. El barro traspasa la tela del pantalón y le humedece las nalgas. El frío le va llegando en tandas, desde los pies hasta las orejas. Empieza a temblar y cierra los ojos. Sueña con un auto estacionado en la esquina. Un Duna blanco que reluce bajo los focos del alumbrado. El reflejo de la luz sobre la chapa se estira hasta rozar el parabrisas e ilumina la cara de Julio durmiendo en el habitáculo. Estira la mano para rozarlo, pero la piel tiene una textura de plástico reforzado y mientras la toca lo sobresalta el ruido de la bocina.
No está sentado en el auto cuando abre los ojos. Amanece y la primera claridad de la mañana tiñe de un azul desvaído la perspectiva de estuco y revoque grueso de la vereda de enfrente. Julio se pone de pie y da dos pasos inseguros para asomarse a la esquina. Reconoce, entonces, en diagonal al lugar donde está parado, la cortina metálica con la palabra kiosco pintada en letras amarillas, la pila de cajones vacíos de una verdulería frente a una casa de dos pisos con un frente de rejas negras. Cinco metros más allá, la chapa blanca del Duna refleja el cielo algodonoso de la mañana. Julio reconoce la cifra de la patente. No alcanza a correr, porque le duelen las piernas, pero el alivio lo lleva como en andas. Abre la puerta del auto y se sienta, acomodando las nalgas en el hueco del asiento. Mete la llave en el contacto y el motor arranca con un ronroneo satisfecho. Pone primera, y antes de soltar el freno mira la guantera, el tablero, el asiento del acompañante en donde se pudre el cadáver de un gato y el taco de un zapato de mujer se asoma por entre los flecos del tapizado roto. Se queda mirando el cuadro durante un segundo. Después, chasquea la lengua y pisa el acelerador.