jueves 12 de noviembre de 2009

Ottro/K.

“…Pero populismo también es un fundamento
de conciencia para los desposeídos y el descaro
de desarrollar el conflicto de clases”.


En la primavera de 2006 Marcelo Cohen publica un artículo en la revista Otra Parte. Las primeras líneas desvalorizan la lucidez política del autor. Una astucia que le sirve de coartada, pero que cualquier lector de su obra sabe que es falsa. Lo que sigue es el encefalograma de un parasomne. La justificación pública de un voto inaceptable para la intelligentzia porteña, pero también el descargo de una conciencia ofuscada por contradicciones que no se pueden resolver aplicando recetas de manuales apolillados. Una indagación de la incomodidad y el embarazo que la irrupción del kirchnerismo, ese tembladeral, produjo en la clase media porteña, venida abajo y herida en su orgullo de cosmopolitismo ramplón a mediados de 2003, cuando las elecciones anticipadas nos dieron un presidente que pocos conocían. La sorpresa dejó a muchos sin imán en la brújula. Pero lejos de ser una profesión de fe oficialista, En la duermevela pienso en Kirchner es, por el contrario, una larga exposición de perplejidades, dudas, desconciertos y entusiasmos parciales. ¿Cómo entender ese fenómeno inverosímil? ¿Con qué parámetros? La medida del kirchnerismo vino dada por su propia regla de cálculo: cuando se creía entender la lógica de sus movimientos, un golpe de efecto echaba por tierra las especulaciones de la tribuna. Ni progresismo florido, ni peronismo de izquierda, ni neofascismo, ni republicanismo conservador. Una mezcla de todo eso, con retazos de populismo reformista y aspiraciones de socialdemocracia civilizada y por lo tanto inocua. Un poco de todo eso, y más. Seguramente más.
Cohen reconoce virtudes en Kirchner: la decisión de enfrentar a los poderes fácticos del capital concentrado (ponerlos en vereda, digamos); la restauración de la política como práctica social capaz de transformar la realidad. Virtudes sostenidas en un saber particular. Dice Cohen: “Kirchner sabe, desde la masacre de Ezeiza, que haber arriesgado la vida por su caudillo no exime a un fiel de que el caudillo mande matarlo en pro de un bien mayor. También sabe cómo convertir grupos no muy disidentes en grandes facciones. Sabe cómo se obtienen beneficios (personales o públicos) con negocios inmobiliarios y remates judiciales, acciones petrolíferas y fondos de inversión; sabe que hay iniciativas económicas que ponen la vida en peligro; sabe cómo se revientan contubernios blindados, cómo se rompen alianzas espurias y se reemplazan unos componentes por otros; sabe instrumentar la salida de tono y el silencio cáustico; sabe qué significa humillar o halagar al industrial, el sindicalista minero, el dirigente barrial, y conoce la humillación, la ortivada y las consecuencias de un gesto”. Sobre esos conocimientos, Kirchner montará su difícil mecanismo de gobierno para enfrentar “a la camándula de terratenientes, industriales y especuladores que, bajo la égida del cardenal Bergoglio, se niegan a ceder ni unos centavos de su renta o un pelo de su cultura racista”. Sin embargo, a pesar de esa vocación igualitaria, el kirchnerismo, según Cohen, no ofrece un horizonte de posibilidades que llegue a entusiasmar a nadie. ¿Qué falta, entonces? Palabras. Un sueño común. Eso que le sobra a Chávez. Utopía, en fin: “Kirchner nunca podrá devolver a la política alguna embriaguez, un encanto, un escalofrío, ni entenderse con el espíritu de la liberación. La revuelta liberadora está tan imbuida de aspiraciones humanísticas como de odio, vileza, un impulso destructivo que es fuerte porque se sabe espontáneo y no se reprime”. Condiciones todas que la decisión oficialista de interpelar a la progresía porteña, acumular masa crítica en sectores ilustrados tradicionalmente refractarios a todo lo que huela a peronismo, y beneficiar, entre tanto, a los sectores postergados (los bolsones de indigentes del Gran Buenos Aires, la masa de desocupados y los trabajadores fabriles) sin darles, además de un alivio parcial y momentáneo, un discurso al cual asirse, un sentido de pertenencia colectiva, una conciencia de sí y un enemigo claro, pospuso de manera indefinida, si es que alguna vez se las planteó seriamente, por miedo a la reacción alérgica de una clase social que sólo sirve para mantener aceitados los pistones de la explotación capitalista. Con el tiempo, esa postergación terminaría en suicidio. ¿Por qué esa torpeza? El Kirchner que Cohen bosqueja en el artículo es un estadista pragmático y quejoso, una meticulosidad de almacenero que convive con la audacia de un boxeador, dispuesto al enfrentamiento pero indiferente a un cambio que exige algo más que la diatriba de tablón. Un militante descreído de la poesía, del aliento capaz de alentar a las masas. Lo que surge es una posibilidad cargada de promesas pero condenada a la frustración. Dos años después de esa publicación, las tensiones suscitadas por el proyecto de Gobierno estallarían en la protesta oligárquica y la conjura destituyente de los medios de comunicación y el capital concentrado.
En la primavera de 2009 Marcelo Cohen publica una novela. Casa de Ottro es la puesta en ficción de aquellas perplejidades. La estructura de la novela (fragmentaria y desordenada como la acumulación de objetos que Ottro dejó en su casa, como las fichas de una escriba que intenta desbrozar su propia confusión, como el barullo de imágenes y palabras que componen la memoria), reproduce las fluctuaciones que la actuación política de Collados Ottro suscita en el recuerdo de Fronda Pátegher, su nuera y asesora, encargada de la administración de su legado. Entre el enojo y el arrebato, entre la admiración y el desprecio, los papeles que Fronda llena en el interior de una casa que la perturba, dibujan el retrato de un personaje tan parecido a Kirchner que sólo le falta el estrabismo para terminar de reconocerlo. Ottro es un empresario que, después de acumular riquezas que le sustenten la ambición, se lanza al ruedo para encabezar la resurrección de la política en una isla que vegeta a la sombra de un régimen esclerosado. El culto al consumo y la satisfacción inmediata de deseos casuales es el único horizonte posible en isla Ushoda. Una forma estilizada del control social. Hasta que Ottro viene a sacudir la modorra. Planes reformistas, componendas espurias, un aliento épico que nunca llega a convertirse en poesía, a pesar de los esfuerzos de Fronda por orientar la gestión en un sentido más radical, ligeramente revolucionario. Los amagues de Ottro pueden entusiasmar, aunque fracasen, pero le dejan a uno cierto gusto a despilfarro inútil. Porque hay un límite que Ottro no está dispuesto a cruzar, y esos son los límites que le impone el sistema. Quebrar el dominio de los pocos ricos sobre los muchos pobres sin salirse del libreto que esos pocos han escrito es una ingenuidad o una complicidad astuta. Pero en el medio quedan las conquistas arrebatadas al poder concentrado a base de obstinación y el hecho innegable de que después de tres años de gestión impetuosa y bullanguera, lo que menos queda en la isla es espacio para la modorra. Del entusiasmo al odio cerril, la parábola de la regencia de Collados en isla Ushoda es el resultado de sus propias contradicciones, de los límites de su gestión pero también de sus aciertos. Quienes van a voltearlo son los mismos que se enriquecieron bajo su gobierno, quienes recuperaron la pasión política gracias al sacudón que les pegó el Regente, quienes acompañaron el proyecto mientras el desconcierto les paralizó las ideas. El rescoldo de lo que fue un carbón encendido queda como remanente para los que lo sucederán, mientras Ottro deja de ser el hombre providencial para convertirse en un príncipe atrofiado y sin corona. No es por sus defectos que se lo derroca, sino por sus virtudes. Sus carencias son las mismas que Cohen le adjudica a Kirchner: desconfianza del discurso teórico, falta de poesía, chatura conceptual. Una perspectiva pedestre que apenas alcanza a moderar el descontento de los sumergidos pero sobra para escandalizar a los encumbrados y su coro clasemediero. También Fronda, como Cohen a Kirchner, le reconoce a Ottro un saber: “Sabía que sacrificar la vida por el Consejo de los Mayores, llegado el caso, no exime al funcionario que ha dado un traspié de que los Mayores manden cortarle un brazo en pro del bien público. Sabía manipular tendencias internas de los grupos rivales hasta transformarlas en facciones; sabía hacer que esas facciones se diezmaran entre sí y agenciarse el apoyo de las más numerosas. Sabía colar como invento genial de nuestra isla la copia de un invento que en otra isla ya había dejado de parecer ingenioso. Sabía producir muchas copias de esos robos y comercializarlas y sabía obtener beneficios, para su medido tesoro pero también para el tesoro público, con negocios inmobiliarios, acciones de sal y fondos panorámicos de inversión. Sabía qué réditos políticos locales puede dar el chantaje con datos recogidos en la Panconciencia. Sabía cómo ofenderse para poder romper pactos formales, cómo se sabotean alianzas y se reemplazan unos componentes por otros; sabía instrumentar la salida de tono, el silencio inocentón y el silencio cáustico; humillar o sobar al sindicalista, al dirigente del cuartier, al preboste de comarca, al industrial, al financista y al hacendado, e intuía cómo es la sensación de humillarse, adular o caer en la trampa, y conocía el cuartel de la Guardia y el cuartel de los Apagafuegos, la mina, el pasillo del congreso partidario, la degradante antesala del Consejo de los Mayores, el estrado, y dominaba el efecto del timbrazo inesperado y la medida y las secuelas de un gesto inhabitual”. Eso en el plano de lo público. En la intimidad, el retrato de Fronda evoluciona desde el desprecio incómodo que le produce un suegro latoso y pedante al reconocimiento de que si un germen de revuelta persiste en el ambiente, el soplo débil de la gestión de Ottro no es ajeno al asunto. En su doble papel de colaboradora y pariente, Fronda Pátegher asiste al doblez de la trama política. Los límites de la Regencia Ottro son, en buena medida, consecuencia de las debilidades personales del sujeto. ¿Pero hasta qué punto? El rencor de Fronda le adjudica a la cobardía y el sentimentalismo de su suegro la responsabilidad de cada agachada, de cada renuncio. Sólo que esos límites, esas características del personaje (que son, por otra parte, la contracara de su audacia, su imprevisibilidad y su carisma), no nacen de un repollo. Toda sociedad tiene sus demandas, sus fronteras políticas, sus corralitos mentales. Ir más allá de ese nomenclador común puede conducir al martirio, al estado policial, al totalitarismo. Los avances de Ottro son la base, la prueba con su carga de errores, a partir de la cual su nieto, Riscos, esbozará una salida distinta.
Con todas sus contradicciones, sus idas y vueltas, su avance lento y perturbado a través de la maraña de los hechos que relata, cabeceando como un motor a explosión (y precisamente por eso), Casa de Ottro es la gran novela del kirchnerismo. Quién si no Cohen podría haberla escrito:
“Ahí está Kirchner a medialuz, opaco como el pragmatismo, vibrátil como la asimilada religión de la utopía. No suscita, no inflama. Nadie se va a poner en peligro para evitar que caiga, ni viajar para ver en qué obras estatales invierte y cuántos puestos de trabajo crea con parte de lo que ahorró gravando las exportaciones de nuestra oligarquía carroñera. Kirchner pulveriza los supuestos. De sólo verlo crece una horrosa sed de imposible”.

4 comentarios:

Marina! dijo...

Si solo Cohen podía escribir ese libro, solo vos podías escribir esta crítica. Yo creo que Don Marcelo se puede sentir muy orgulloso de tener un lector como usted. Muy intteresane el análisis, ya sabes que no lo leí, pero esta bueno que te juegues así con una hipótesis tan fuerte sobre el libro.
Besos.

Ojaral dijo...

Gracias mi vida! Me salvaste de la humillación del cero. :)

jorge gómez dijo...

En estos días pensé mucho en el "cero comentarios" de este post. Las pàginas tienen una clientela, un "pùblico" al que van dirigidas - me parece - y cuando uno rompe ese contrato, pasan estas cosas.

Pero, creo que de ninguna manera debemos escribir para los comentarios o respetando aburridos contratos. En ese sentido, disfruté mucho la ruptura. Mas allá del libro que no lei, y de la crítica tan bien escrita , me gustó el atrevimiento del quiebre.

Seguramente leeré el libro de Cohen y veremos, pero mientras tanto estuvo muy bueno su ejercicio de libertad, Ojaral.

Saludos

Ojaral dijo...

Gracias Jorge: Yo más bien pensé que se debía a un quiebre de otra índole: desde hace un tiempo no estoy dejando comentarios en ningún lado, por falta de tiempo o de interés. Ese quiebre de la cordialidad blogger termina produciendo estos desiertos. No me quejo, me basta con el puñado de lectores que me visitan. Que lean es lo importante.
Pero también es posible que sea como ud dice, que haya quebrado el contrato tácito de lectura. Siempre pensé este blog como un cuaderno de notas, un borrador donde publicar mis cuentos y algunas palabras de circunstancias. Si nunca escribí críticas es porque sé que no tengo la lucidez ni la inteligencia necesaria para hacerlo con la gracia y la perspicacia de otros (Mario Skan; e. r.). O tal vez la mención de Kirchner sea el problema. No sé. No importa mucho. Recibir comentarios como el suyo es una recompensa más que suficiente para mí.
Saludos, y gracias de nuevo!